Reflexión dominical salesiana

En el Evangelio de hoy, experimentamos a Jesús reprendiendo a sus discípulos que quieren imitar el celo violento que utilizó Elías para combatir el mal. San Francisco de Sales señala:

Algunos piensan que para tener un gran celo o fervor es necesario tener una gran ira. El celo de nuestro Señor apareció principalmente en su muerte en la cruz para destruir la muerte y los pecados de toda la familia humana. Hizo comprender a Juan y a Santiago que su espíritu y su celo son apacibles, suaves y graciosos. Hizo uso de la indignación o de la ira muy raramente, cuando ya no tenía esperanza de poder ayudar de otra manera. Sin embargo, no está en la mano de todo hombre saber enfadarse cuando debe y como debe. La siguiente historia de un monje del siglo VI ilustra este punto.

Una vez un pagano influyó en un cristiano para que volviera a la idolatría. Carpo, un hombre santo, enfadado por este giro de los acontecimientos, rezó para que los dos hombres fueran destruidos. Nuestro Salvador se le apareció a Carpo. Nuestro Señor le mostró a Carpo el reino de los cielos y la tierra de abajo, donde los dos hombres malvados estaban temblando y desmayándose por el miedo a caer por el borde de un precipicio. Carpo se complacía en verlos destruirse. Nuestro Señor, por el contrario, les tendió la mano para ayudarlos y le dijo amorosamente a Carpo: “Estoy dispuesto a sufrir una vez más para salvar a la humanidad.”

El celo por erradicar el mal despertó justamente la ira de Carpo. Pero una vez despertada, su ira dejó atrás la razón y el celo. La ira transgredió todos los límites del amor santo y, en consecuencia, del celo. Su ira convirtió el odio al pecado en odio al pecador y la caridad más suave en una crueldad furiosa. El celo santo es especialmente una cualidad del amor divino que hace que muchos de los siervos de Dios velen, trabajen y mueran en medio de esas llamas de celo. Mientras que el falso celo es agitado, colérico, arrogante e inestable, el verdadero celo es ardor o fervor sin odio y es suave, gracioso, diligente e incansable. Dichosos los que saben controlar su celo con el amor de Jesucristo, que nos impulsa a amar a los demás como Él.